Es una obra de arte, sin discusión. Esta composición magistral la hizo mi hija de 2 años, la pasada Navidad.
Ejecución impecable de dos piezas, colocadas como ojos. Alineadas entre sí y a la altura exacta. La única pega (si cabe) es que las dos piezas que colocó como ojos, no eran ojos. Eran una nariz y una boca. Detallito sin importancia, ¡Faltaría más!
Mi primera reacción fue de pecho hinchado y orgullo de padre incondicional. La segunda fue que mi yo “freaky” no pudo evitar hacerse la pregunta de consultor impertinente:
¿Cuántas empresas ejecutan correctamente la estrategia equivocada?
Utilizando el argot musical, afinan bien pero la melodía no es la correcta. Al menos estas empresas tienen una solución sencilla: cambiar la melodía. Es mucho peor ser una empresa que no es capaz de ejecutar bien aunque la canción sea la correcta.
La razón es sencilla: ejecutar bien implica una línea directa entre lo que se decide y lo que realmente se hace. Este músculo permite que, mejorando la estrategia, el resultado mejore ipso facto. ¡Dichoso músculo, qué difícil es de mantener!
Mi hija será una gran artista, o lo que ella quiera ser. Lo sé porque le pone ganas y va cada día a la guardería a aprender. Pero, ¿y tu empresa? ¿Sabe cuánto desafina o sigue tocando convencida de que suena bien? ¿Y qué está haciendo para aprender?
Firmado: un padre muy orgulloso.
*Este artículo lo he redactado yo, no ChatGPT. Está escrito con tiempo, cariño y datos.